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Análisis: The Last Stand: Aftermath — un roguelike zombi de supervivencia pura


The Last Stand: Aftermath es una aventura de supervivencia con elementos roguelike. Tu personaje está infecacto con el virus zombi. Te propones explorar el posapocalipsis y encontrar esperanza en otros compañeros sobrevivientes.
Calificación:
Desarrollador: Con Artist Games
Distribuidora: Armor Games
Lanzamiento: 16 de Noviembre de 2021
Plataforma: PC, PlayStation 4, PlayStation 5, Xbox Series X|S, Xbox One


Análisis basado en una copia digital para PC facilitada por Armor Games


En los albores de la internet, concretamente cuando Facebook daba sus primeros pasos y la calidad máxima de un video era de 360p, los videojuegos creados con Flash eran extremadamente populares. A mis casi 40 años aún recuerdo con añoranza aquella época en que, a escondidas durante las horas laborales, me metía en páginas como Kongregate en busca de alguna joyita oculta con la que matar el tiempo.


Por aquel entonces, un desarrollador conocido como Chris "Con" Condon, también comenzaba a andar, pero dando sus pasos sobre la ancha senda del mundo de los videojuegos. Fue así que, un 26 de abril de 2007, The Last Stand, el primer juego de la serie de nombre homónimo, fue lanzado. Tal fue el éxito cosechado que “Con” lanzó al mercado dos juegos más, dando origen a una trilogía casi de culto que ha marcado a fuego a casi toda una generación. 


Lamentablemente, con el fin del popular Flash, esta especie de “época dorada” del desarrollo de videojuegos indie llegó a su final. No obstante, esto no quiere decir que The Last Stand ya no se pueda disfrutar, porque afortunadamente la trilogía se puso a la venta en Steam, con el añadido de que los juegos son ahora compatibles con el hardware moderno. De todos modos, esto no fue una mera coincidencia, porque el estimado Chris -bajo el sello de Con Artist Games- tan solo estaba preparando el terreno y haciendo conocer su trabajo previo a las generaciones actuales, con el objeto de sentar las bases y enviarnos una vez más al apocalipsis zombi con su más reciente trabajo: The Last Stand: Aftermath.



Si me he tomado el tiempo de establecer un contexto es porque, personalmente, considero que la historia detrás de la franquicia The Last Stand es una historia en sí misma. Esta saga es un claro ejemplo del espíritu indie puro en un momento en que el sector comenzaba a tener algo de relevancia. Pero bueno, que acá no solo estoy para hablar solo de historia, sino también para hablar de la entrega más reciente de esta saga. Y, a priori, puedo anticipar que si bien no estamos ante la reinvención de la rueda, el título presenta muy buenos valores de producción, está bastante bien pulido y, durante un buen puñado de horas, resulta ser realmente divertido.


La historia del juego nos lleva a un futuro distópico, donde una extraña enfermedad ha ocasionado que sucumba el 99% de la población. El problema es que la gente afectada por este virus, lejos de quedarse en su lugar, comienza a deambular por las calles convertidas en zombis. Pero, ¿qué pasa con ese 1% restante? Aquellos que no perecieron, intentan sobrevivir en ciudades improvisadas, rapiñando todo aquello que sea de utilidad para extender su estadía en este devastado mundo. Pero también dentro de este pequeño porcentaje hay un reducido número de sobrevivientes que, aun estando afectados por el virus, presentan cierto tipo de resistencia a la enfermedad y son justamente estos los que serán enviados como carne de cañón a explorar. Es decir, son los personajes que controlaremos.


The Last Stand: Aftermath es, en esencia, un roguelike bastante básico. El título está estructurado por niveles, los cuales son accesibles a través de un mapa compuesto por nodos, muy similar a lo que podemos ver en producciones como Slay the Spire o FTL. Sin embargo antes de poner en marcha el motor de un viejo y destartalado coche, tendremos que elegir al conejillo de indias que emprenderá el viaje. Si bien hay diferentes “clases” de personaje, es algo más bien anecdótico puesto que lo que realmente cambia de una a otra, es el equipamiento inicial. Sinceramente, da lo mismo elegir a un personaje u otro, porque no hay limitaciones respecto al equipo que pueden usar, ni tan siquiera algún tipo de rasgo distintivo.


En cuanto a la base del gameplay, este se enfoca en pasar de un nivel a otro, recolectando suministros, ítems que proporcionan conocimiento para mejorar una serie de habilidades generales y, por supuesto, reventar zombis, ya sea con objetos contundentes, armas de fuego o, incluso, a golpes de puño. Una vez conseguido lo que necesitamos del escenario, todo se resume a subir al coche y viajar hasta la siguiente parada. La variedad de ubicaciones es bastante baja, limitándose a barrios residenciales, zonas boscosas y depósitos de suministros abandonados. Pero, entonces, ¿dónde está la parte en que el juego es divertido? La diversión llega en la forma en que decidimos afrontar los niveles y en tomar decisiones rápidas en función del tiempo del que disponemos. En un momento explicaré esto, tranquilos.


Muchas de esas decisiones dependen de los suministros que dispongamos. The Last Stand: Aftermath es bastante mezquino respecto al equipamiento que ofrece a cada personaje al inicio de la partida, aunque esto es justamente lo que nos obliga e impulsa a tomar decisiones difíciles mientras exploramos el mundo, o mejor dicho, lo que queda de él. ¿Intentamos buscar más armas, equipo y municiones, o simplemente una lata de gasolina con la que llenar el tanque del auto para poder seguir camino? Si bien estos son elementos a los que siempre se le debe prestar atención, el combustible es el más importante, debido a que es el que nos permitirá seguir camino. 


Otro recurso importante es el mencionado “conocimiento”, ya que este nos permite obtener beneficios que se aplicarán a todos los personajes en cada nueva run. Estas mejoras son bastante simples, como por ejemplo tener más resistencia, armas más duraderas o causar más daño con cada ataque. Pero, además, hay habilidades especiales como unas tenazas para cortar cadenas que nos darán acceso a zonas “secretas” en las que conseguir ítems o armas especiales. Como he mencionado, las ventajas o, mejor dicho, el conocimiento se transfiere a cada nuevo personaje, por lo que poco a poco logramos volvernos más poderosos, lo que se traduce en sobrevivir por más tiempo.


Después de aproximadamente 4 o 5 runs, era notorio como mis personajes recibían menos daño a la vez que aumentaban su capacidad para luchar contra los no muertos. Afortunadamente, The Last Stand: Aftermath cambia las cosas lo suficientemente rápido como para no aburrirnos. Los infectados “especiales” comienzan a volverse más comunes a medida que avanzamos y el mundo, en cierto modo, comienza a abrirse más, cambiando los bloques de vecindarios por bosques laberínticos. Eso sí, el desafío también cambia, dejando el sigilo prácticamente de lado para enfocarnos en el uso de armas de fuego, ya que algunos zombis son bastante complicados de eludir y de enfrentar cuerpo a cuerpo.



¿Recuerdan que hace unos párrafos mencioné el tema de que disponemos de “un tiempo”? Bueno, esto lo decía en sentido literal, porque el caso es que The Last Stand: Aftermath nos pone un temporizador que irá disminuyendo constantemente. Como expliqué, cada uno de los personajes a controlar ya está infectado y, en virtud de ello, condenado a morir lentamente. Esta mecánica hace que, a medida que pasa el tiempo, la barra de salud comience reducir su máximo, sin poder recuperarla de ningún modo a su estado original. El proceso se puede ralentizar con dosis especiales de medicamentos que se encuentran desperdigados por el mundo, pero esto es solo una forma temporal de detener su inevitable perdición.


De cualquier modo, no hay mal que por bien no venga, porque los peligros que suponen la pérdida de salud, se compensan con ventajas, que llegan a modo de mutaciones. Estas bonificaciones son aleatorias y, además de cambiar el aspecto físico, otorgan mucho más poder a nuestro personaje. A menudo estas habilidades traen consigo un coste menor, como por ejemplo ganar aguante pero movernos más lento, es decir, nada demasiado grave. Además, obtener una combinación de mutaciones correcta puede hacer que nos volvamos una perfecta máquina de aplastar cabezas, muy difícil de matar. Si bien el medidor de infección siempre se seguirá moviendo, es bastante lento y, a menos que nos golpee un infectado (cosa que hará que la enfermedad avance más deprisa) las mutaciones terminan siendo más una bendición que un obstáculo.


The Last Stand: Aftermath es un juego correcto, aunque honestamente, creo que el mayor defecto que tiene es lo delgado que resulta, mecánicamente hablando. Como roguelike, no necesariamente es necesario reinventar la rueda para ofrecer algo interesante, pero el ciclo típico de encontrar suministros y viajar de un nivel a otro se desgasta rápidamente. Casi parafraseándome, y como dije al comienzo del análisis, el juego resulta divertido, sí, pero durante un puñado de horas. Cierto es que hay incentivos para seguir intentando llegar al final, como, por ejemplo, descubrir la historia acerca de lo que está pasando en el mundo o el desbloquear nuevos objetos. Sin embargo, la historia es un añadido casi anecdótico y realmente no aporta demasiado al conjunto en general, al margen de como dije, ser tan solo un incentivo.



Hay otro aspecto que debo mencionar, que no encontré lo suficientemente pulido: El sistema de control. Al menos en mi experiencia, resultó algo difícil acostumbrarme, en especial cuando intentaba llevar a cabo ciertas acciones como abrir el menú de ítems. No se por qué, pero nunca llegué a familiarizarme con los atajos rápidos, por lo que siempre terminé abriendo el inventario para equipar armas o usar lo que hiciera falta. Si bien los responsables del título recomiendan jugarlo con mando, sospecho que el motivo detrás de dicha decisión sea la mecánica de combate que, en resumidas cuentas, es similar a la de un twin-stick shooter, aunque para mi fue mucho más cómodo jugar con ratón y teclado debido a que el sistema de apuntado se percibía mucho más preciso. Sea como sea, administrar el inventario también es un poco confuso y, tener que entrar y salir de forma constante de dicho menú, no es algo que se me antoje como “divertido”.


Aún así, y a pesar de mis quejas, The Last Stand: Aftermath es un más que interesante punto de entrada al mundo de The Last Stand. La saga ha recorrido un largo camino desde sus inicios en los juegos flash y la evolución se nota. Aquí los gráficos en 2D han sido reemplazados por modelos de personajes y entornos mucho más detallados. Por su parte, la música y los efectos de sonido, si bien no resultan memorables, cumplen con su objetivo de construir una atmósfera post-apocalíptica. 



En definitiva, The Last Stand: Aftermath es un juego por momentos desafiante y divertido. Si bien hay algunos criterios de diseño que no terminan de cerrar, como así también algunos bugs menores, la propuesta logra distinguirse de otros juegos similares (tanto roguelikes como títulos de supervivencia zombi) gracias a su idea original en la utilización de personajes, de su justificado sacrificio en busca de un bien superior, mientras corren contra el tiempo antes de que la infección los consuma por completo. Tampoco voy a engañarlos, porque definitivamente no es lo más adictivo que haya jugado en los últimos meses, pero en dosis pequeñas se deja disfrutar como el mejor. En fin, les dejo que todavía tengo que superar la etapa final. Está costando, pero seguiré intentándolo, por Maginer.


Lo bueno:

- Un roguelike de zombis con mecánicas novedosas e interesantes.

- Es divertido, en dosis pequeñas.

- Apartado gráfico muy bien cuidado.

- El vernos obligados a tomar decisiones rápidas en función del tiempo.


Lo malo:

- El control no se siente del todo pulido.

- La gestión del inventario es muy rudimentaria.

- Los incentivos para seguir jugando se diluyen con el paso del tiempo.

- Algunos bugs menores.


Nota Final:


7.5

Bueno
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ESCRITO POR Viejo Frank

Amante de los juegos, las series, películas y cómics... ¡Y del maldito rock n roll! Si no está jugando, está tocando su bateria.

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